viernes, 8 de enero de 2010

"El veredicto". Michael Connelly. (Roca)


Debe ser porque uno no se deshace de sus obsesiones ni cuando lee. Pero mientras devoraba "El veredicto" (Roca Editorial), no paraban de amontonarse en mi cabeza referencias a series televisivas de todo género y pelaje. La ley de los Ángeles, The Wire, Prison Break, Boston Legal y hasta Los Simpson iban haciendo acto de presencia mientras avanzaba en la lectura. Y es que el nuevo libro de Michael Connelly puede presumir no sólo de un estilo muy directo, sino también de un lenguaje muy visual. Leer el libro es como asistir a una buena producción televisiva a la que no le falta de nada. Incluso los episodios podrían perfectamente coincidir con los capítulos de una hipotética serie, acabando siempre en un punto álgido que no permite el abandono de la trama. Además, el autor gusta de tener situado en todo momento al lector e introduce (sin desvirtuar por ello la línea argumental y sin que apenas se perciba su intención) pequeños resúmenes aclaratorios (siempre a través de diálogos) que (siguiendo con el símil) corresponderían a los inicios de cada entrega en la pequeña pantalla cuando aparece aquello de "anteriormente" o "en episodios anteriores de...".

Nada de esto debe sorprender. Connelly nunca ha ocultado su devoción por el cine y el lenguaje audiovisual en general,y no ha tenido nunca reparos en situar su influencia a la misma altura que sus libros predilectos. Sin embargo, aunque ha visto como el séptimo arte adaptaba alguna de sus obras y él incluso participaba activamente en la escritura, guarda cierto resquemor por los intentos fallidos de trasladar a su personaje insignia, el inspector Harry Bosch, a la gran pantalla. Tal vez, gracias a ello, se puede disfrutar de uno de los momentos más divertidos del libro y también una de las puyas más envenenadas y demoledoras que lanza Connelly hacia el colectivo de guionistas. Ocurre cuando el protagonista se topa con unos cuantos creadores manifestándose en la acera, "sostenían carteles rojos y blancos que decían QUEREMOS UNA PARTE JUSTA y GUIONISTAS EN PARO (...) Otro rezaba: ¿CUÁL ES SU FRASE FAVORITA? LA ESCRIBIÓ UN GUIONISTA. Sujeta en la acera había una gran figura hinchable de un cerdo fumando un cigarro con la palabra PRODUCTOR estampada en el trasero. El cerdo y la mayoría de los carteles eran topicazos y yo pensé que siendo guionistas los que protestaban se les habría podido ocurrir algo mejor. Pero quizás esa clase de creatividad sólo se producía cuando les pagaban". Me cuesta creer que ese párrafo es, simplemente, una licencia literaria.

"El veredicto" recupera la figura del abogado Mickey Haller, a quien Connelly nos presentó en la musculosa "El inocente" (editada por Ediciones B) y le hace coincidir con, el mencionado, Harry Bosch, que contra todo pronóstico tiene en esta novela un papel muy secundario, aunque decisivo. El penúltimo capítulo pone a ambos personajes cara a cara y abre un montón de posibilidades sobre las futuras creaciones del escritor. Pero antes de que eso ocurra, Haller y Bosch se ven inmersos en un doble homicidio por el que se acusa a un magnate hollywoodiense.

Es la galería de personajes otro de los grandes aciertos del libro. A Connelly le gusta crearlos y eso se nota. Mima cada detalle, les dota de un nombre sonoro y creíble y de una vida tan interesante como reconocible. No escatima recursos si el personaje lo merece. Se recrea lo necesario. Pero, al tiempo, se preocupa de estimular nuestro apetito por conocer más sobre él. A veces profundiza y otras es el propio lector el que debe trazar ese camino no escrito. En ambos casos, supone una experiencia muy gratificante.

También cuida al detalle todo lo que envuelve la dinámica judicial. Aquí se nota que Connelly trabajó como periodista de sucesos y se esfuerza para que aunque se trate de ficción, las excusas creativas no entren en contradicción con la realidad palpitante. Tiene, además, la necesidad de que aquello que explica se entienda y que no afecte al hilo conductor de la historia. El escritor maneja a la perfección todo ese mecanismo y combina esos fragmentos más teóricos con auténticos vendavales dialogados. Seguramente, por eso, su carrera literaria es de las pocas que ponen de acuerdo a crítica y público, y goza del aplauso tanto del adicto a los best-sellers como del apasionado de la novela negra y policial.